Historias cortas (y no tan cortas)

Fría tempestad

Posted by admin on July 26, 2009
Historias cortas (y no tan cortas) / No Comments

Aquella noche llovía. Hacía frió y llovía. No un frío helado, pero si húmedo. La noche era alegre, sin embargo, se sentía en el pueblo un aire festivo. No era una noche oscura. Lo que aconteció en seguida, resulto bastante extraño. De la nada, una chiquilla salió corriendo, empapándose de pies a cabeza. Corría, corría y giraba sobre sus talones. Se le notaba eufórica, para muchos ese comportamiento hubiese sido extraño.

Sus pisadas y sus giros crearon sobre la tierra un extraño contorno. De lejos asemejaba una flor, aunque exageradamente ornamentada. No eran audibles las palabras de la chiquilla, pero si uno se acercaba lo suficiente, se podía apreciar que estaba hablando… murmurando.
Murmurando… corriendo… girando… danzando.

La gente observaba refugiada en sus casas la extraña escena. “Solo una muchachita loca bailando baja lo lluvia” – Pensaron algunos – “Condenada exhibicionista” – Murmuraban otros, para sus adentros.

La joven se detuvo de pronto. Había quedado justo en el centro de la extraña figura que había dibujado con sus movimientos, si aquello había sido una coreografía predeterminada le había quedado muy bien… sin embargo, había algo más extraño aún en la escena, mientras la muchacha se quedaba inmóvil, la “rosa” dibujada parecía hacerse más profunda, hasta formar pequeños riachuelos en la tierra, cada vez mas y mas profundos.

De pronto, un extraño resplandor verdoso-azulado, comenzó a aparecer sobre los riachuelos que formaban la inusual figura. Los que contemplaban la escena desde el segundo piso de sus casas podían apreciar de forma más clara la recién terminada obra de arte, brillar por sí misma.

La niña palideció, retorció su cuello violentamente y quedo mirando al cielo, con los ojos en blanco. El frió se intensifico. La lluvia arrecio, y una atmosfera aterradora se esparció por el lugar.

Dentro de los corazones de los hombres crecía inexplicablemente un sentimiento de horror. Las mujeres de pronto contenían la respiración, los niños lloraban y los perros ladraban. Era un momento funesto, sin lugar a dudas.

Durante instantes que parecieron horas, la joven quedó inmóvil. Y de pronto, se desplomó. La gente no sabía qué hacer, todo había sido tan extraño. Por fin, una anciana se dirigió a la joven.
– Respira.

Nadie más movió un solo dedo. Nadie conocía a la niña. Nadie la había visto llegar al pueblo, simplemente apareció. Muchos la dieron por muerta – y es que así lo parecía -, la mujer, aunque anciana, era fuerte, tomó a la niña entre sus brazos y se dirigió a su casa, la más alejada de la calle principal, una casa enorme y antigua, llena de plantas y donde las enredaderas habían crecido desmesuradamente, de hecho, parecía que siempre habían estado allí. Entraron por el portón y desaparecieron entre la oscuridad.

La niña abrió los ojos y se encontró recostada en un camastro, de un oscuro cuartecillo, iluminado por una tenue luz, emitida por un solitario candelabro. Frente a ella, una anciana, observándola seriamente. Su rostro reflejaba determinación, Resolución.
¿Por qué lo has llamado? – Pregunto la anciana.
Eso no es asunto suyo – Espetó la niña.
Respuesta equivocada.
¿Y cuál es la correcta, abuela?
Por imbécil.
¡Ja!. – La niña emitió una risita sarcástica.
Si tanto te preocupa, ¿Por qué no me detuviste, abuela?
Sabes por qué.
¿Qué te importa a ti mi vida?
No la necesito en mi consciencia.
¿Y qué hay de los demás? ¿No estarán pesarán ellos sobre tu consciencia?
No. Pesarán sobre la tuya.
Yo no tengo consciencia.
¿En serio? Entonces ¿Por qué lo has llamado?
¿No te interesa saber mejor como es que se llamarlo?
Es el porqué lo que determina el cómo.
Correcto. Te quedarás sin saber entonces.
¿Eso crees?
Estoy segura.
¿Tan segura como que funcionará? ¿Crees que conseguirás aquello que quieres?
Quizá no. Pero tengo una oportunidad.
¿La tienes? ¿Qué te hace pensar eso?
Ya te dije que no es asunto tuyo.
Lo es. ¡Desde este momento en adelante! – Y la anciana tomo el brazo de la niña con fuerza, tanta que paralizó a la niña, y con su siniestra la marco en su siniestro, y la mano de la anciana abrazaba el brazo de la niña, que gritó de dolor. Y su respiración se aceleró, y su brazo ardía, y su corazón se aceleraba, y su mente giraba…
Al fin, la anciana se retiró de la niña, y esta cayó al suelo, presa del dolor, y de llanto. Y se miró su brazo, internamente entre codo y muñeca, y una marca blanca apareció en ella, cinco líneas, dos horizontales y tres verticales, formando un cuadro, una puerta, parecían barrotes…
Listo. Te he sellado niña. – Dijo la anciana.
¿Qué diablos es esto abuela? ¿Cómo lo hiciste?
Es el porqué lo que determina el cómo.

Y la niña miro fijamente a la anciana, y sus ojos se encontraron. Sintió entonces un vértigo profundo, y una marejada de sentimientos azotaron su corazón, cansándola por dentro.
Duerme -. Dijo la anciana.
Y la joven, que estaba en cuclillas en el suelo, se desmayó al instante.

Y la joven despertó en una playa blanca, que parecía no tener fin, igual que el mar, y el sol le quemaba los ojos. Gritó y clamó, se enfureció y maldijo, pero todo en vano. Corrió y corrió, nadó y nadó, pero la playa solo la llevaba a otros mares, y los mares a otras playas.

Y se insoló y tuvo sed, y no había nada que beber, más que el agua salada y caliente del mar. Y se desmayó y soñó, que caía y caía, y nunca llegaba a fin alguno, Y despertaba de nuevo en la playa, y volvía a enfurecerse, y a maldecir, y a gritar y clamar, y a correr y a nadar, y a desmayarse, y a soñar.

Y perdió la noción del tiempo, y los horas le parecían días, y los días años, cayó en desesperación, y sus días solo eran replicas de otros días de arena blanca, vastos mares, incansable sol e interminables caídas en sus tormentos oníricos.

En el pueblo las cosas comenzaron a cambiar, poco a poco, sigilosamente, de forma casi imperceptible, ya que el cambio vino desde dentro de las personas. El horror de la noche anterior no pasó tan rápidamente como hubiesen querido, debido a que la flor que la jovén dibujo con su baile parecía no poder borrarse del todo. El agua, los animales y los caminantes debieron haberla borrado ya, pero parecía queder una sombre de ella, todavía podía observarse su contorno verdoso, como si estuviera bajo la tierra.

Las mujeres encinta temían por la vida de sus futuros hijos, pues era considerado de mala suerte prescenciar actos de brujería en ese estado, y era eso lo que las personas pensaban que había pasado, que la niña habia hecho una brujería, y debido a eso, se sentía una atmósfera tétrica en todo el pueblo.

Pero eso no era lo único que cambio, la situación se volvería peor en los siguientes días. Apenas un par de días después de lo ocurrido, el número de hostilidades se había incrementado en el pueblo, lo que tenía a todos como en estado de alerta.

El herrero del pueblo, un hombre corpulento y de poca paciencia, había estado más irritable que de costumbre, parecía tener algo en contra de todo el mundo. En sus ojos algo estaba cambiando, la profundidad de su mirada se había perdido. Era algo extraño, que el mismo notaba, algo ajeno de sí mismo, pero que lo hacía sentirse profundamente enojado, frustrado, dolido con el mundo entero.

Si bien era cierto que la suerte no le había sonreido, que su mujer lo había traicionado y que nunca había tenido un hijo, lo que más anhelaba en la vida, de pronto estas emociones comenzaron a intensificarse, causandole gran pena y una rabia, que a el mismo le parecía incontrolable. Siempre había podido tranquilizarse a base de trabajo rudo, de jornadas extenuantes, trabajando los metales hasta casi desmayarse, pero ahora ni siquiera esas marchas forzadas parecían tener el efecto catársico de siempre.

Al paso de los días, la situación empeoró, dormir tampoco podía. El odio, la frustación, la rabia, le estaban deshaciendo alma y cuerpo. Su menten comenzó a rendirse al agotamiento, de pronto le parecía escuchar otra voz interna, ajena a la suya, pero extrañamente familiar.

– Se burlan de ti. – Le decía la voz, cada que por el camino escuchaba a cualquier persona reír.
– Se burlan de ti. Les pareces una basura, indigno siquiera de lástima. Solo la burla mereces.

Y entonces volteaba y veía ferozmente a quien estuviera riendo, lo que espantaba a mujeres y niños, y provocaba a los hombres.

La presencia de la voz se hacía cada vez más frecuente, más cínica y más fuerte en su mente.
– No eres más que un pobre diablo, no sirves ni para alimentar a los puercos, todos los saben, todos lo dicen a tus espaldas.

El hombre intentó apagar la voz y conciliar el sueño con alcohol, pero a pesar de las cantidades desmesuradas del etílico líquido, la voz no se iba, y el sueño no llegaba. En toda mujer veía a la que lo abandonó, riendose de él. En todo hombre, un traidor, y todo niño le recordaba que el nunca había podido tener descendencia. Por más que quería olvidar aquello, por todos los medios posibles, la voz se lo recordaba, intensificada en sus largas noches de insomnio.

Amanecer, ocaso, amanecer, ocaso, perdío el sentido del tiempo, de la higiene, del habla, el era rabia y nada más, se había convertido en un animal, herido, rabioso, peligroso. Mientras más vivía, más sufría, más y más su martitio continuaba, el insomnio, la voz, la maldita voz hablandole, susurrándole al oído las más despiadadas burlas, los mayores insultos, enloqueciendo su mente, atormentando su espíritu. No pudo más, perdió el control, comenzó a golpearse la cabeza, para intentar acallar aquella voz, raíz de todos sus tormentos, destrozó su herrería, y el negocio de junto, y ni entre seis hombres lo podían controlar, estaba totalmente alienado.

Hombre tras hombre, caían presas de su rabia, como no lo podían controlar, comenzarón a prepararse para dispararle. El alguacil del pueblo lo tenía ya a tiro, pero no podía darle libremente debido a todos los hombre que tenían que sujetarle. De pronto, una mano bajo su arma. Era la anciana del pueblo.
– ¿Estas loca abuela? Tenemos que detenerlo, además, a un hombre en su estado, sería un acto de compasión librarlo de su sufrimiento.
– ¿Es por compasión que lo quieres matar?
El alguacil guardo silencio. Luego dijo tajante:
– Hay que hacerlo, no se meta.
– No hay que hacerlo, ni como hacerlo. – Respondío la extraña anciana, y en seguida se dirigió a donde los hombres sujetaban al desequilibrado herrero. Tomo fuertemente el brazo del enloquecido hombre, y con su siniestra marco su siniestro, y las cinco lineas empezaron a dibujarse en el antebrazo del hombre, que lanzó espantosos gritos de dolor, aullidos feroces, que hicieron que los fortachones que lo sujetaban lo soltaran, pero la anciana no lo soltó.

Y durante momentos que parecieron horas, el hombre, gritó y chilló presa del dolor, lloró y gimoteo, cansado, hasta que finalmente, se desplomó. Allí yacía inmobil, en medio de la calle. Todos pensaban que estaba muerto, sin embargo, la anciana se lo llevó arrastrando, a la vieja casona al final de la calle, cubierta por enredaderas, allí se alzaba entre las demas casas, vieja, estoica… y lúgubre.

Corazón sombrío – Tercera Parte –

Posted by admin on July 07, 2009
Historias cortas (y no tan cortas) / No Comments

Y un viaje comenzó, un viaje onírico, astral, no obstante lúcido, real e intenso. Y el tiempo se detuvo, el aire también, y Fabricio no respiraba más… ya no lo necesitaba.

Y todo se oscureció… y todo se aclaró otra vez. Y la casa había cambiado… vibraba de vida, de gozo, las paredes resplandecían, de las ventanas se desbordaba una luz clara, que inundaba de candor la atmósfera, y el olor dulce y embriagante fue sustituido por uno claro, robusto, fresco, a lo que huele la tierra cuando acaba de llover sobre un sembradío de rosas.

Y Fabricio miró a la puerta… y allí estaba. Allí estaba su mujer, la única amada, adorada, idolatrada, allí estaba Elizabeth, como si el tiempo no hubiera pasado sobre ella, bella, esbelta, clara, resplandeciente, sonriente. Y los ojos viejos – aunque hermosos – de Fabricio se llenarón de lágrimas, y el corazón parecía explotarle, cayó de rodillas ante el único amor que había conocido, y tomó su mano.

Y aunque lo intentó con todas sus fuerzas, no pudo articular palabra, no podía, por primera vez en tres décadas, se sentía feliz, vivo.

Y la sonrisa de Elizabeth llenaba su corazón de una ráfaga de sentimientos indescriptibles, complejos y mezclados, y seguía sin poder hablar.

Y paso el tiempo, en lo que a Fabricio le pareción minutos, luego horas y hasta días, consolado por la prescencia de Elizabeth…

Y al final su boca se abrió, y solo pudo articular un par de frases entrecortadas:
– Elizabeth, Ely, … yo…
– Estabien amor, yo te perdono. Te perdoné desde el mismo momento en que pasó.

Y de nuevo de los ojos de Fabricios ríos de lágrimas brotaron, y mientras mejor se sentía y recuperaba el aliento, la casa, la luz y la figura de Elizabeth se desvanecian, y Fabricio la llamaba deseperado, pero rápidamente comprendíó que había terminado, que solo a eso, habia regresado, y que era su tiempo de partir…

Corazón sombrío – Segunda Parte –

Posted by admin on April 25, 2009
Historias cortas (y no tan cortas) / 1 Comment

Y “La Dama” se levanto, y al mismo tiempo, el viento comenzó a arreciar, y la casa se oscureció aún más, aunque “La Dama” parecía resplandecer, y era como si un sutil viento, y una sutil luz emanara de ella, y las sombras de todos los objetos bailaban a la luz caótica de los candelabros – y de “La Dama”, podría decirse -, la sombra de todos los objetos, menos de uno…

La sombra de Fabricio permanecía inmóvil, solemne, estoica… y ligeramente distinta de su dueño, parecía que esta agachaba aúna más la cabeza que Fabricio. Y aunque esto no paso desapercibido por “La Dama”, no la inmutó en lo más mínimo.

Esta murmuraba palabras en alguna lengua arcana, y sus pupilas se dilataban y se aclaraban, hasta alcanzar un blanco grisáceo, y entre más murmuraba, más arreciaba el viento, y más bailaban las sombras.

Tal fue el caos que provoco esta situación, que las luces cayeron, y todas las sombras desaparecieron, todas menos una.

Y los murmurios de “La Dama” cambiaron a un tarareo rítmico, y el tarareo en canto, y el canto en un sonido indescriptible, y por último, inaudible. Y a pesar de todo alboroto, de todo acontecimiento, Fabricio seguía inmutable, y su sombra aún más.

Y el aire comenzó a hacerse pesado, aunque no era sofocante, se podía sentir el cambio de atmosfera, y un olor dulce llenó la habitación, aunque etílico, embriagante, no afectaba los sentidos de Fabricio… por el contrario, se sentía más y más lúcido, y entre más y más lúcido se sentía, sentía más y más ligero su cuerpo, y más y más lejana a su sombra estoica.

Y aunque su cuerpo se adormecía, su mente era clara, y veía lo que no se ve, y escuchaba lo que no se escucha, y veía el aire, y escuchaba al viento, y todo cuanto veía y oía le recordaba más y más a Elizabeth…

Corazón sombrío – Primera Parte –

Posted by admin on March 31, 2009
Historias cortas (y no tan cortas) / No Comments
Aquella tarde llegó el ensombrecido hombre a su triste casa, y digo triste por qué en realidad todo era triste en aquella casa, desde los apagados colores de las paredes y cortinas, hasta los magros alimentos y frugales bebidas. Todo en aquel lugar era lúgubre, sombrío… ¿Qué clase de persona podría vivir en un lugar como ese? No existían decoraciones. No había fotografías o cuadros.

No era un lugar sucio, no, parecía más bien que intencionalmente las personas habían arrebatado todo dejo de personalidad, ya no digamos de alegría. Una página en blanco, pero gris, opaca, sin vida.

El hombre entro, y se sentó en un sillón, y como todas las noches, se puso a contemplar su propia y débil sombra, proyectada por una luz tenue, proveniente de una de las pocas lámparas que habían en la casa.

Cansada, ¿Verdad amiga? – Dijo el hombre a su propia sombra.
Como siempre – Respondió esta.
Falta poco. – Habló el extraño sujeto.
Como siempre – Volvió a responder la sombra.
Y ambos se miraron, el hombre a su sombra y la sombra a su hombre. Y así permanecieron lo que le parecieron horas al hombre, aunque la cantidad exacta de tiempo no la podemos conocer.
Toc!, Toc!, Toc! – Se escucharon unos fuertes toquidos en la puerta.
Es hora – Dijo el hombre a su sombra.
Ciertamente – Replico esta, no sin un dejo de desgano.
El hombre se levanto y con paso cansado se dirigió a la puerta. La abrió de golpe y volteo la mirada. Ya sabía quién tocaba y por qué.
Que falta de modales, Fabricio. – Pronuncio una voz femenina, aunque áspera.
Siéntate, estás en tu casa. – Replico el hombre, no sin un dejo de desdén.
Gracias. – Dijo la señora, quien se sentó en el sillón que hace pocos momentos ocupaba Fabricio.
Pues bien, – Comenzó la señora – Creo que ya sabemos por qué estamos aquí.
Ciertamente – Dijo una voz, que se parecía a la de Fabricio, pero parecía haber salido de la pared.
Comencemos entonces – Dijo la mujer. Y por primera vez, Fabricio la miró. Era alta, delgada, blanca como la nieve y su cabello plateado.

Vestía de negro, y en la oscura casa parecía un fantasma, efecto que era amplificado por su voz, áspera, casi gutural, sin embargo, con un timbre un tanto apaciguador. Fabricio solo había hablado con ella una vez, y eso le basto para darse una muy clara idea de con quién trataba. Su nombre nadie lo sabe, solamente le llamaban “La Dama”, y eso era todo lo que Fabricio sabia acerca de su apelativo. De hecho, ir más allá de aquello le provocaba una tremenda aprehensión.

Sus grandes ojos negros se dirigieron a los de Fabricio, de color miel claro, alguna vez fueron unos ojos hermosos, se podía apreciar, aunque ahora estaban ensombrecidos, como una pintura maestra dejada al olvido, llena de polvo.

Nombre y apellido – Dijo “La Dama” con su gutural voz.
“Elizabeth Reinaldina Abandonati” – Le respondió Fabricio, con una voz quebrada… y esta vez, la voz no parecía haber provenido de la pared.
Elizabeth Reinaldina Abandonati – Repitió “La Dama” con una voz firme.
Pues bien, comencemos de una vez – Prosiguió la mujer – Desde este mismo momento en adelante, enfocamos nuestros pensamientos en Elizabeth. ¿Tienes lo que te pedí?
Sí – Respondió Fabricio – Se encuentra en este pequeño cofre.
Y le mostró a “La Dama” un cobre color nácar, que desentonaba enteramente con la habitación, tenía ornamentación de oro puro, y era hermoso de sobre manera. Parecía haber sido hecho a mano por un artesano experto, uno de gran maestría.
“La Dama” lo miró con regocijo, con deleite, parecía admirarlo con fervor. Se tomo unos momentos para tocarlo, pasar sus dedos por sus bordes, sus adornos dorados, tactar su superficie tersa. Al fin dijo: – Un gran trabajo. Te felicito Fabricio.
Eso fue mucho tiempo atrás – Respondió Fabricio, con tristeza.
Ciertamente – Dijo la siniestra mujer – 37 años atrás, diría yo…
Eres versada en artesanías – Dijo una voz sombría, que de nuevo parecía provenir de las paredes.
Lo soy. Y estoy muy orgullosa de serlo – Replico “La Dama”, y su ojo izquierdo pareció dirigir una rápida mirada a la pared.
Adelante, pues, a lo que has venido. – Inquirió el hombre, y esta vez el eco de su voz retumbo las paredes.
Paciencia, Fabricio. Paciencia y calma. – Replico la elegante señora – Estoy en ese desde el mismo momento que toque tu puerta, y en eso estoy ahora – y ni por un instante dejaba de ver el precio cobre. Al fin lo abrió,
Oh!- Exclamo “La Dama”. – De verdad que eras un gran artesano!
Y entre los dedos de la dama se revolvía un collar hecho de piezas de marfil, perfectamente redondas y talladas, en cada una, una letra: E, L, I, Z, A, B, E, T, H, y al final, una en forma de corazón…
Curioso – Mencionó “La Dama” – Ella era tu corazón, y murió al rompérsele el suyo.
Y el rostro de Fabricio se ensombreció aún más, y aún mas se avejentó.
Por favor. Procedamos – Dijo fríamente.
Desde luego, claro. Y gracias por mejorar tus modales. ¿Es esto todo? – Habla tranquilamente la extraña mujer.
¿Acaso necesitas más? – Replico Fabricio, rápidamente, como si el solo hablarle le causara un gran sufrimiento.
– No. Con esto es suficiente. Conoces el precio que debes pagar por mis servicios, ¿verdad?
– Desgraciadamente sí.
– ¿Y estas dispuesto?
– Sí – dijo Fabricio, con la voz quebrada y una lágrima salió de sus ojos, que por un instante, parecieron tener mucha más vida-.
– ¿Lo estás?
– Con un demonio, te dije que sí. – replicó Fabricio, enérgicamente.
– Siendo así. Hablarás con Elizabeth una vez más. Una y solo una. Después de eso…
– Ya lo sé.
– Entonces, comencemos, y terminemos.

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… Continuará en una proxima entrada.

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