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Motivación

Por qué y Cómo ser más Inteligente Emocionalmente

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La inteligencia emocional es la madurez de controlar nuestros impulsos y nuestras emociones, no de reprimir, sino adecuar, canalizar en una forma positiva, conveniente, beneficiosa, de planear no de reaccionar, superponer la razón al instinto, utilizando el mismo, no una razón meramente fría y calculadora pero tampoco un instinto visceral, es aceptar nuestro instinto, nuestra sensibilidad, nuestro deseo, a nosotros mismos, si, es sentir, primero sentir, pero luego pensar.

Podrá inundarnos el coraje o el miedo, las ganas de pelear y castigar o las de huir y ponernos a salvo, pero nos detenemos a pensar, a razonar, a decidir conscientemente lo mejor para nosotros, con un plan a un plazo determinado, corto, mediano o largo más no inmediato, esa es mera reacción instintiva.

 

Lograrlo no es sencillo, es algo duro, concretamente difícil, aunque no complejo. Es duro aceptar que sentimos miedo, ira, envidia. Es duro aceptar que no nos consideramos adecuados o que somos sensibles a lo que otros piensen o digan de nosotros. Es duro. Pero vale la pena, los rendimientos son grandes, el progresivo control sobre uno mismo, un estado de madurez emocional es la mejor inversión que se puede hacer en nosotros mismos, por que podemos aprender muchas cosas, adquirir mucho conocimiento, muchas habilidades, pero un instante de ira puede echarlo todo a perder, si no controlamos nuestro miedo no alcanzaremos el éxito, sino aceptamos que evadimos situaciones por que tememos confrontarlas, perderemos muchas oportunidades.

La práctica hace al maestro y una inteligencia emocional requiere práctica. Requiere compromiso. Requiere lo mejor de nosotros mismos, para nosotros mismos. Hay muchas cosas que podemos hacer para lograrlo, sin embargo, es como todo lo que vale la pena, tiene una curva de aprendizaje bastante pronunciada. El primer paso para tomar consciencia es ralentizarse, tómate tu tiempo para escuchar a tu cuerpo y a tus emociones, recuerda, no tienes que reaccionar inmediatamente, la meta es evitar esto, por lo tanto, aunque dicen que la primera reacción es la verdadera, espera no una, ni dos ni tres, sino hasta cuatro veces tus pensamientos sobre un asunto en particular, sobre una relación o una interacción social particular.

 

Asi que sereno moreno, tu tranquilo, yo calmado. Escucha tu reacción antes de decirla, antes de hacer algo medita, imagina que lo haces. No una, ni dos, ni tres, sino cuatro veces, cinco si es necesario. Hasta que la respuesta sea la misma cada vez, que esté garantizado que has pensado bien las cosas.

Si, sabemos que tienes prisa, que el mundo vive de prisa, asi que tomalo con calma, no tienes que hacerlo todo el tiempo, dedica una hora especifica, un tiempo para práctica, controla el ambiente, planea tu ejercicio. Recuerda que hay que ser diligente, pero que no tienes prisa, más vale constancia que velocidad, estamos tirándole a la carrera larga.

Nuestro próximo paso es acostumbrarnos a escuchar. Si queremos planear en vez de reaccionar, tenemos que acostumbrarnos a retrasar nuestra reacción, y no hay mejor manera de hacerlo que acostumbrarnos a escuchar. Nuestra primera reacción es beligerante ante una situación incómoda, adversa, desagradable, ya sea gritar, para intentar callar a la persona con la que estamos hablando, simplemente larganos o quedarnos a oir sin escuchar, esperando y esperando a que termine de hablar para dar el tema por terminado sin pensar más en tan desagradable asunto.

 

En ninguno de los casos nos preocupamos por escuchar. Puede ser que de verdad no nos importe lo que alguién más tiene que decir, ya tenemos un juicio, ya hemos decidido emocionalmente y poco importa lo que se diga, ya hemos resuelto que pensar y cómo actuar.

Nos estamos deteniendo en el sentir, pero no hemos razonado, aún si podemos contener nuestra reacción y elevar al nivel de la emoción, del sentimiento, nos falta hacerlo consciente, utilizar nuestro mente racional, para ello, practicaremos la escucha, la atención, de todos los sentidos, no solo del oído, tratamos de comprender, no solamente las palabras sino la intención, los gestos y las insinuaciones, atendemos a los que nos digan y nos quieran dar a entender los demás, para tener la mayor información posible y considerar nuestra respuestas, que no ha de ser inmediata.

Es algo difícil de lograr pero te acostumbras rápidamente, estar a la escucha, aprender a hacerlo, es algo que pocos hacen así que es definitivamente una ventaja, un activo, algo que todos valoramos, hay pocas personas buenas para escuchar. Trabajamos nuestra paciencia, trabajamos nuestra madurez, nuestra aceptación, no todo es para ayer, tomate tu tiempo para sentir y pensar, para considerar opciones, y para ello hemos de escuchar con atención lo que otros nos tienen que decir, de más de una forma.

 

Una vez dominado el control de reacciones y la atención en la escucha, pasamos a intensificarlas, poniéndolas en acción. La idea es simple, incrementar la frecuencia de las acciones, buscar atender, tomar conciencia, meditar las cosas y sentir desde la reacción visceral, aceptar nuestras emociones, pero detenernos a pensar, a calcular, planear nuestras acciones, sino permanentemente, más frecuente e intensamente.

Subimos el nivel de la práctica, gradual y constantemente, buscamos practicar nuestras nuevas habilidades cada vez que podamos, a sabiendas de lo que hacemos y por qué lo hacemos, traemos nuevas experiencias, podemos comenzar una nueva etapa en nuestras vidas, una con mayor control y conocimiento de nosotros mismos.

Y luego: Repetir. Vuelve a ralentizarte, será mucho más fácil, vuelve a meditar tus reacciones, vuelve a escuchar más atentamente, a poner atención a las personas, a considerar lo que realmente te quieren dar a entender, vuelve a intensificar tus pasos, a tu ritmo, a tu propia capacidad. Una y otra y otra vez. Cada vez será más natural, más automática, más llevadera, más beneficiosa, hasta que te sea tan natural como respirar, hasta que lo hayas adaptado tan bien que sea parte de ti, de tu personalidad, de tu vida. Ralentízate. Escucha. Intensifica. Repite.

Vamos con la parte dura: Mantenerse. Ser constante con la exposición a algo que hemos evadido toda la vida es bastante difícil de mantener. Pocas cosas son tan difíciles pero recordemos que nosotros y solo nosotros sabemos de estos. Las personas notarán los resultados, notarán el cambio pero no saben por lo que estamos pasando. No estamos expuestos, ni desnudos ante otros, no van a ver debilidad, no hay tal, por el contrario, fuerte es aquel que enfrenta sus miedos, que afronta sus emociones, que acepta sus sentimientos, que se preocupa por responsabilizarse de sus actos.

 

Recordemos que no es inmediato, que no nos darán una medalla, que es por y para nosotros mismos, entonces no tenemos porque juzgarnos, no tenemos porque temernos, no tenemos porque autoflagelarnos si tenemos miedo, envidia, si nos avergonzamos de lo que somos o nos preocupa lo que no tenemos. No podemos estar en contra nuestra, nos aceptamos si, más no nos solapamos, queremos mejorar, evolucionar, por lo que nos esforzamos intensamente en hacerlo, tomamos la responsabilidad de llevarnos de donde estamos a donde queremos estar, de cómo somos ahora a cómo deseamos ser, un paso a la vez.

No tienes que hacerlo todo inmediatamente ni por que sobre cargarte o presionarte, si consideras que es mucho, modula la intensidad, a un ritmo que puedas llevar. Mantente todos los días si, un día a la vez, una hora a la vez, un minuto a la vez. Cada segundo que pases mejorando tu inteligencia emocional hará el siguiente más fácil. Cumple tu cuota diaria de mejorarte, no hay cosa más gratificante. No hay mejor inversión. No hay una cosa que te traerá mayor beneficio que invertir en ti. Y esta, es una gran inversión, con enormes rendimientos. Asi que no te preocupes por volar, ni siquiera por correr. Caminando llegaremos, solo hay que asegurarnos que cada paso lo demos en dirección a nuestro destino.

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